Hay algo arquetípico —casi trágico— en la manera en que los hombres enfrentamos lo nuevo: con la creencia de que lo estamos pensando por primera vez. Ese impulso fundacional, que a veces nos mueve a crear, también puede cegarnos. Lo llamo el síndrome de Adán: esa ilusión de estar solos en el jardín, descubriendo un mundo sin historia.

Por eso me gusta volver a los clásicos. No para encerrarme en ellos, sino para dejar que me incomoden. Para recordar que muchos de los dilemas que hoy enfrentamos ya fueron pensados con lucidez. Y que hay una ética en reconocer esa continuidad: pensar no como conquista, sino como diálogo.

En el campo de la informática, la historia no siempre premia a los que más imaginan. Pero hubo ingenieros que vieron más allá del código, del silicio y del mercado. Que entendieron que la máquina no estaba hecha para reemplazar al humano, sino para hacerlo pensar mejor. Dos de ellos fueron J.C.R. Licklider y Douglas Engelbart.

Sus trabajos seminales —Man-Computer Symbiosis (1960) y Augmenting Human Intellect: A Conceptual Framework (1962)— no hablaban de automatización ni de eficiencia, sino de cooperación. Anticipaban una era en que humanos y computadoras pensarían juntos, como partes de un mismo sistema cognitivo ampliado. Hoy, podríamos decir, fueron los primeros en imaginar lo que ahora llamamos un copiloto.

Ya en los años 60, Licklider sugería que buena parte de lo que llamamos “pensar” era, en realidad, trabajo mecánico. Y se preguntaba si una computadora no podría ayudarnos a hacer menos esfuerzo operativo y más comprensión estratégica. ¿No es acaso eso lo que prometen los copilotos actuales? ¿No estamos —sesenta años después— intentando resolver el mismo problema?

La pregunta, entonces, no es si la tecnología avanzó. Es si entendimos lo que aquellos pioneros estaban tratando de construir: no sólo herramientas más potentes, sino relaciones más fértiles entre humanos y máquinas. Simbiosis, no servidumbre.

Aumentar antes que automatizar

Si Engelbart hubiera vivido en esta época, seguramente no habría estado obsesionado con lograr una IA que pase exámenes universitarios. Le habría parecido un síntoma del cortoplacismo que tanto criticaba. Su ambición era otra: construir una infraestructura conceptual y técnica para que la humanidad pudiera pensar mejor, en conjunto.

Cuando en 1962 publica Augmenting Human Intellect: A Conceptual Framework, no está describiendo una herramienta puntual, sino trazando una estrategia civilizatoria. “Por aumentación —escribe— entendemos aumentar la capacidad de una persona para abordar situaciones complejas, comprenderlas según sus propias necesidades y encontrar soluciones.” No busca un atajo, sino un proceso de expansión sistemática de nuestras capacidades.

Engelbart sabía que no bastaba con sumar máquinas rápidas. Había que rediseñar todo el sistema de interacción: el lenguaje, los métodos, el entrenamiento. Lo llamó H-LAM/T: Human using Language, Artifacts, and Methodology in which he is Trained. Y cada componente era igualmente esencial. Hoy, cuando el entusiasmo por los copilotos se concentra casi exclusivamente en el artefacto, su marco resuena como advertencia: sin lenguaje ni método ni formación, no hay pensamiento ampliado.

Lo más visionario es que no pensaba en soluciones individuales, sino colectivas. Imaginaba un entorno donde equipos pudieran trabajar en un mismo sistema colaborativo. ¿No es esa, precisamente, la frontera que aún no cruzamos con nuestras IA? ¿Qué pasaría si mis copilotos pudieran interactuar con los tuyos, en lugar de ser asistentes aislados?

Engelbart no tenía miedo de soñar. Imaginó arquitectos que diseñan con dispositivos interactivos, describió cómo una innovación menor en un eslabón podía desencadenar efectos inesperados en toda la jerarquía de capacidades. Lo llamó new-possibility chains. No pensaba en componentes, pensaba en sistemas. No diseñaba funciones, diseñaba sinergias.

En su texto aparece también la humildad que toda visión profunda conlleva. Reconoce que su marco es rudimentario, que necesita investigación, que el camino es largo. Pero al mismo tiempo, anticipa con claridad el surgimiento del personal computer. Y lo hace en 1962, catorce años antes de que HP rechazara el prototipo de Steve Wozniak que más tarde devendría en la Apple I.

Y quizá ahí esté lo más inspirador de Engelbart: su fe en que otra relación con la tecnología es posible. No una tecnología que piensa por nosotros, sino con nosotros. Una tecnología que no sólo resuelva tareas, sino que transforme el modo en que aprendemos, colaboramos y decidimos. ¿Qué nos impide retomar ese sueño hoy?

La tarea aún pendiente de la simbiosis

J.C.R. Licklider no hablaba de asistentes ni de algoritmos. Hablaba de una relación simbiótica entre humanos y computadoras. No de usar, sino de cooperar. En su ensayo de 1960, Man-Computer Symbiosis, proponía que el verdadero salto tecnológico no sería tener máquinas más rápidas, sino lograr que humano y máquina pensaran juntos, como partes de un sistema cognitivo compartido.

Licklider observaba que buena parte del “pensar” consistía en tareas tediosas: buscar datos, hacer cálculos, trasladar ideas de un papel a otro. Ese trabajo mecánico —el drudgery of thought— consumía más del 85% del tiempo mental. ¿Y si pudiéramos delegar todo eso a una máquina veloz en procesamiento y recuperación de información? El tiempo liberado se podría dedicar a lo que importa: la comprensión, la estrategia, la invención.

“The cooperative interaction would greatly improve the thinking time.”

Lo que Licklider imaginaba era más que una interfaz: era una conversación. Una interacción dinámica, en la que cada parte compensara las limitaciones de la otra. El humano con su intuición, la máquina con su capacidad de cómputo. Era una visión profundamente optimista: no se trataba de automatizar decisiones, sino de diseñar nuevas formas de llegar a ellas.

Desde su rol en ARPA, Licklider no solo escribió: creó condiciones. Financió investigaciones, promovió redes de colaboración, sembró la semilla de lo que luego sería Internet. Pero su gran legado fue una pregunta: ¿cómo diseñar una tecnología que potencie el pensamiento humano en lugar de sustituirlo?

Hoy, más de seis décadas después, la pregunta sigue abierta. Tenemos copilotos que completan código, textos, imágenes. Pero, ¿estamos realmente pensando mejor? ¿O simplemente estamos haciendo más, más rápido?

La simbiosis que Licklider imaginó no era un accesorio productivo, era un ideal relacional. Una apuesta por la inteligencia compartida, por el diseño cuidadoso de nuestras interacciones con la máquina. No para delegar, sino para elevar.

De interfaces a interlocutores

Durante décadas, el gran desafío de la informática fue construir interfaces. Lograr que humanos y computadoras pudieran “entenderse”. Pero algo está cambiando: las máquinas ya no sólo reciben órdenes, ahora responden. Escriben, traducen, programan, recomiendan, comentan. La pregunta ya no es técnica, sino filosófica: ¿cómo queremos que sea esa conversación?

Engelbart y Licklider imaginaron sistemas en los que humano y máquina se potenciaban mutuamente. Hoy, buena parte de la industria tecnológica parece más interesada en asistentes que ejecutan tareas que en aliados que nos exigen pensar mejor. Se celebra la velocidad, pero se esquiva la profundidad.

La metáfora del copiloto se nos impuso como algo natural. Pero no es inocente: sugiere que seguimos conduciendo, que la máquina está al costado, que sólo sugiere. ¿Es realmente así? ¿O estamos delegando más de lo que creemos, sin repensar el destino del viaje?

Si la simbiosis era una interacción en la que cada parte compensaba las debilidades de la otra, ¿cómo diseñamos una IA que nos cuestione, que nos ayude a dudar mejor, no solo a producir más?

Hoy, muchos copilotos son eficientes, pero mudos. No nos interrumpen, no nos incomodan. Y sin fricción no hay pensamiento. Engelbart lo intuía cuando hablaba de una arquitectura que reorganizara el proceso entero de resolución de problemas. Una IA que nos conteste no es lo mismo que una IA que nos acompañe.

Tal vez haya que dejar de pensar en mejores interfaces y empezar a imaginar mejores interlocutores.

No basta con pensar como Licklider o Engelbart

Volver a estos autores no es un gesto de nostalgia ni de reverencia académica. Es una forma de ensanchar el campo de posibilidades. Porque Licklider y Engelbart no pensaban solo en mejorar herramientas, sino en reorganizar el modo en que pensamos, colaboramos y tomamos decisiones. Diseñaban sistemas, no solo soluciones.

Hoy, muchas de sus intuiciones siguen vigentes, pero no siempre encuentran continuidad. La tecnología avanza, pero a veces lo hace sin una pregunta clara sobre qué capacidades humanas queremos ampliar, o qué tipo de interacción buscamos cultivar. La visión original de la simbiosis corre el riesgo de diluirse si se la reduce a una serie de mejoras de productividad.

Desde América Latina, estas preguntas adquieren una dimensión particular. No por exotismo, sino por contexto. Porque las condiciones materiales, culturales y sociales nos invitan —y a veces nos obligan— a pensar de otro modo. Aquí, imaginar nuevas formas de trabajar con tecnología es también imaginar nuevas formas de inclusión, de comprensión mutua, de inteligencia compartida.

Quizás el mejor modo de honrar a estos pioneros no sea repetir sus conceptos, sino extender su ambición. Retomar su mirada sistémica, su ética del diseño, su voluntad de pensar más allá del componente técnico. Y hacerlo desde aquí, desde nuestras preguntas y nuestras formas de construir sentido.

Engelbart advertía que una innovación puntual podía transformar toda la jerarquía de capacidades. Tal vez esta reflexión —este artículo, esta colaboración— forme parte de esa cadena. Una forma modesta pero intencionada de seguir explorando cómo pensar mejor, con las máquinas. Y sobre todo, entre nosotros.

Hoy que hablamos tanto de IA, a veces olvidamos hacernos la pregunta más simple: ¿para qué queremos pensar con las máquinas? Tal vez sea tiempo de recuperar esa conversación. ¿Qué parte del sueño de Engelbart y Licklider te parece que todavía podemos —o debemos— intentar?

Lecturas Recomendadas

  • Bush, V. (1945, July). As we may think. The Atlantic Monthly. Texto en línea.
  • Douglas C. Engelbart – Wikipedia
  • Engelbart, D. C. (1962). Augmenting Human Intellect: A Conceptual Framework. Stanford Research Institute (SRI). Texto en línea.
  • J. C. R. Licklider – Wikipedia
  • Licklider, J. C. R. (1960). Man-Computer Symbiosis. IRE Transactions on Human Factors in Electronics, HFE-1(1), 4–11. Texto en línea.